Un peculiar recorrido por lo cotidiano termina por revelar el mapa urbano y personal del autor, quien ofrece una irónica visión del caos en una ciudad que persiguió el progreso apurada por la desesperación.
Los cortes de energía eléctrica, las inundaciones, los robos, el tráfico, los trámites fiscales, los puestos callejeros que brotan allí por donde pasa la gente, todo reunido en una caprichosa y gran escena urbana con una larga fila de espera y el ruido como patrimonio común.
Después de publicar Nos acompañan los muertos, me propuse escribir una especie de divertimento narrativo, algo menos oscuro, solitario y final aunque al final fue imposible expulsar la melancolía de los fantasmas.